ВУЗ: Не указан
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Добавлен: 13.04.2021
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–Salí de aquí a las siete, fui al supermercado de El Corte
Inglés
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a comprar unas botellas de cava
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. Por la noche esta-
ba invitado en casa de unos amigos y quería llevarles algo
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.
Luego, me fui a casa. Había mucho tráfico y tardé mucho. Es
que vivo en Pozuelo
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, ¿sabes?
–No, no sabía –dije pensando que efectivamente no sabía
casi nada del Alberto actual.
–Llegué a casa sobre las nueve o nueve y media. Estuve
un rato en casa y sobre las diez, fui a casa de esos amigos.
–O sea que entre las siete y las diez no tienes ninguna
coartada... ¿Estuviste todo el rato solo?
–Sí.
Pensé que eso no era nada bueno para Alberto, pero no
dije nada. Despedido por Zabaleta, sin coartada entre las
siete y las diez, candidato a ser el futuro director de
«Publimagen»... Iba a ser difícil demostrar que era inocente.
–Algo más? ¿Algo que pueda ser interesante?
–Sí, un anónimo.
–¿Una carta?
–Sí, Zabaleta recibió una carta muy extraña hace dos o
tres días. La carta decía que teníamos que dejar la campaña
electoral de Alfonso Juárez, que si no lo hacíamos, matarían
a alguien.
–¿Qué raro, ¿no?
–Sí, es muy raro.
–¿Puede ser una asesinato político?
–Ni idea. Pero hay algo más: la policía cree que esa carta
se escribió con mi ordenador.
–¿Cómo que con tu ordenador?
–No sé, no sé... Lola, yo no entiendo nada de lo que está
pasando. ¿Qué voy a hacer? –dijo desesperado.
¡Pobre Alberto! Yo sí lo entendía: alguien quería verle en
la cárcel, alguien que había matado a Ignacio Zabaleta.
Pero, ¿quién?
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Volví a la oficina después de intentar animar a Alberto.
Margarita, como siempre, estaba hablando por teléfono con
su novio.
–Perdona, mi amor, un segundo. Sí, sí, ahora mismo te
llamo, cariño... –dijo Margarita colgando el teléfono al ver
mi mirada asesina.
–¿Ha pasado algo? ¿Qué son esas flores?
Encima de una mesa había un enorme ramo de flores.
–Las ha mandado el Sr. Ramales. Está muy contento. Dice
que somos los mejores detectives de Madrid.
–¿Nosotros?
–Sí. Ha dejado un cheque de ciento cincuenta mil pesetas
y las flores.
–¿No me digas! ¿Y eso?
–Su mujer ha vuelto.
–Pero nosotros no hemos hecho nada...
–Es lo que yo decía: seis millones es muy poco.
No dije nada. Tomé una rosa y me la llevé a mi despacho.
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A las dos y media sonó el teléfono.
–Lola, Paco por la línea dos.
–¡Hombre! ¿Qué tal por El Escorial? –le dije con toda mi
ironía.
–Bien, muy bien...
–¿Y tu americana?
–¿Qué americana?
–La chica, «tu» turista americana...
–Ah, Lulú. Es canadiense.
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–¿Y los canadienses no son americanos?
–Bueno, sí claro... Se va a París esta noche.
–Hombre, qué pena. Pero así puedes venir algún día a la
oficina, ¿no te parece?
–¿Te he dicho ya que el padre de Lulú tiene una fábrica
de bombones en Montreal?
–No me digas... O sea, que es la mujer de tu vida.
–Venga, nena, no te pongas así... Además, estos días no
tenemos ningún cliente.
–Primero, no me llames «nena»
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. Y, segundo, sí tenemos
un cliente. Tenemos el caso más importante de la historia de
esta maldita agencia: el asesinato de Ignacio Zabaleta, el
director de la agencia de publicidad más importante de
España.
–¿Sí? ¿Nosotros? ¿Por qué nosotros?
–Nada, cosas mías...Tengo que hablar contigo. ¿A qué
hora vas a venir?
–Ahora mismo. Voy enseguida para allá.
–Te espero.
–Nena... No estás enfadada, ¿verdad?
–No. Pero no me llames nena, ¿vale? –respondí yo y
colgué.
Es horrible: no me puedo enfadar con Paco. Aunque se
vaya a El Escorial con guapas canadienses fabricantes de
chocolate.
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Al rato llegaron mis dos socios, Paco y Miguel. Paco,
comiendo bombones «made in Canadá», naturalmente.
En unos minutos les expliqué todo lo que yo sabía del
caso Zabaleta: quién era Alberto, quién era Ignacio
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Zabaleta, la puerta cerrada con llave de la oficina, la carta
de despido, el anónimo,...
–Y eso es todo lo que sabemos –terminé diciendo.
Los tres nos quedamos callados un momento. Los tres sabí-
amos que era un caso importante y, probablemente, difícil.
–¿Por dónde empezamos? –preguntó Paco con la boca
llena de chocolate canadiense.
–Hay que hablar con todos, con la secretaria... ¿Cómo has
dicho que se llama? –dijo Miguel.
–Blanca Fanjul –dijo Paco.
–Eso, con Blanca Fanjul, con la mujer, con los otros emple-
ados de «Plublimagen»...
–Quizá también con el político, con Juárez –añadió Paco.
–Yo sé cómo llegar hasta él. Un compañero mío de la
Universidad es su asesor de imagen –dijo Miguel.
–¡Caramba! ¡Qué compañeros de Universidad tan impor-
tantes tenéis! –dijo Paco comiéndose otro bombón.
–Entonces tú, Miguel, te ocupas de Juárez y su partido. ¿Y
tú Paco?
–Yo puedo hablar con el Inspector Gil. Lo conozco un
poco. No es mala persona pero no le gustan las «detectivas»
–dijo Paco mirándome a mí.
–El clásico machito español, vaya.
–Eso.
–Pues, vale, de acuerdo, habla tú con él. Será lo mejor.
–Hay que saber que ha dicho el médico forense. Tenemos
que saber a qué hora murió y si fue o no un suicidio. Yo voy
a hablar con la secretaria, con Blanca Fanjul, y con la mujer
de Zabaleta –dijo Miguel.
–La rica heredera... –comentó Paco.
–Mucho dinero, ¿no? –añadió Miguel.
–Sí, muchísimo. Y un seguro de vida muy alto, según me
ha dicho Alberto –dije yo.
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–¿Crees que puede haber sido la mujer? –preguntó Miguel.
–Estaba en La Habana...
–¿Seguro?
–Creo que sí.
–Tengo una idea –dijo Paco de pronto–. Yo tengo una
amiga en La Habana, una bailarina: Ifigenia López. ¡Qué
mujer! Inteligente, guapa...
–¿Fabricante de chocolate? –pregunté yo.
–No, eso no. La conocí el pasado año cuando estuve de
vacaciones en Cuba
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.
Paco suspiró. Se pone romántico cuando se acuerda de
alguno de sus amores.
–Vale. Entonces tú, Paco, te pones en contacto con la bai-
larina cubana...
–Ifigenia.
–Eso, con «tu» Ifigenia.
–Seguro que puede ayudarnos.
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Luego, como muchos días, fuimos a comer al restaurante
de la esquina. Dan el típico menú de restaurante barato;
aquél día, cocido o acelgas, de primero, bistec o pollo, de
segundo, y flan o helado. Bebida y pan, incluidos. Y todo
por setecientas cincuenta pesetas
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. No es caro y es cocina
casera, hecha por la patrona, doña Casilda, casi para los
clientes. Después de comer, los tres nos pusimos a trabajar.
Yo volví a «Publimagen». Quería hablar con Blanca Fanjul, la
secretaria de Zabaleta.
Blanca no estaba en «Publimagen» pero Alberto, sí.
Parecía cansado y muy preocupado.
–Alberto, ¿puedo ver el despacho de Zabaleta?
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