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Добавлен: 13.04.2021

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–Claro, si puede ser útil...
–Todo puede serlo.
–Ven por aquí.
Al final de un pasillo, había una gran puerta. En la puer-

ta una placa dorada: I. Zabaleta, DIRECTOR. Los dos entra-
mos en silencio. Para los dos no era un momento agradable. 

De pronto, en el suelo, algo me llamó la atención: un

pequeño punto que brillaba. Fui a recogerlo: era un brillan-
te no muy grande.

–¿Qué es eso? –me preguntó Alberto.
–No lo sé –respondí yo. 
Saqué del bolso un pañuelo para guardarlo. Entonces no

sabía que era muy importante.

–La policía no lo ha visto... ¿Vas a dárselo?
–De momento, no. Primero quiero saber de quién es y

desde cuándo está aquí. ¿A que hora limpian la oficina?

–Normalmente sobre las siete, creo. Ayer no sé... Como

Zabaleta estaba trabajando... Podemos preguntárselo a
Digna, la señora de la limpieza. Me parece que hoy ya ha lle-
gado. Vamos.

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Digna era una mujer bajita pero fuerte, con aspecto de

mujer del campo. Hablaba despacio y con mucho acento
gallego

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.

–Digna, esta señorita quisiera hacerle unas preguntas...

–le dijo Alberto amablemente.

–Usted dirá –respondió ella.
–¿A qué hora limpió usted el despacho del Sr. Zabaleta?
–¡No seré yo sospechosa! –respondió Digna como lo

hacen en las películas de la televisión.

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–No, mujer, por Dios...
–Ah, bueno. Pues verá... Normalmente el Sr. Zabaleta se

iba a las siete, más o menos, y yo limpiaba a las siete y
cuarto, siete y media, según. Pero ayer él estaba trabajan-
do y...

–¿No limpió?
–Sí, verá: es que el Sr. Zabaleta, que en paz descanse

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,

era muy bueno. Muy bueno, muy bueno. Un señor de ver-
dad, un caballero. Y tan amable... ¿Quién habrá sido? No lo
entiendo.

Yo empezaba a ponerme nerviosa. Digna hablaba real-

mente muy despacio. Y mucho.

–Pero Digna, ¿limpió o no limpió la oficina?
–Ah, eso... ¡Sí...!
–¿A qué hora?
–A las siete y cuarto, como siempre. Él me dijo: «Pase,

pase, Digna, no me molesta». Todo un señor, de verdad. «Se
ha caído un cenicero y esto está horrible», me explicó luego.
«Puedo venir más tarde, Sr. Zabaleta», le dije yo. «Nada,
nada, mujer. Yo voy a tomarme un cafetito y vuelvo.
Mientras, usted limpia un poco esto», dijo él.

–O sea que limpió...
–Sí, sí. Pasé el aspirador, quité el polvo... El Sr. Zabaleta

era un señor de verdad y muy limpio. Sí señor, muy limpio.
¡Qué crimen tan espantoso!

Otra frase oída en la televisión.
–Vamos un momento a la oficina, ¿quieren? –les dije yo

entonces.

Los tres entramos de nuevo en el lugar del crimen.

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–Digna, vamos a ver, haga memoria. Es importante.

¿Limpió bien esta alfombra?

Era la alfombra donde yo había encontrado el brillante.
–¿Cómo? Señorita, yo siempre limpio bien. Para eso estoy,

¿no? –me respondió enfadada.

–Claro, claro, mujer. Pero ayer, en particular, ¿pasó bien el

aspirador por aquí?

–Sí, muy bien. Había un cenicero en el suelo y la alfombra

estaba muy sucia, toda llena de ceniza y colillas...

–Gracias, Digna –dijo Alberto.
–Pero... No entiendo. ¿Qué relación tiene el aspirador

con...?

–Todavía no lo sabemos, Digna, pero gracias por todo.
Digna volvió a su trabajo muerta de curiosidad.
–Lola, ¿qué quieres saber? –me preguntó entonces

Alberto–. Yo tampoco lo entiendo muy bien.

–Pues, muy fácil. Quiero saber si alguien perdió anoche

ese brillante.

–Entiendo... Pues parece que sí, ¿no?
–Eso parece. Y a lo mejor fue el asesino.

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Por la noche llegué a casa muy cansada. Vivo sola en el

Madrid de los Austrias

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, en la Plaza de la Paja. Me gusta

Madrid y me gusta mi barrio, un barrio céntrico pero tran-
quilo. En el balcón estaba mi vecina y amiga Carmela.
Carmela es una mujer mayor, vasca y, como buena vasca,
muy buena cocinera

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. Ella y yo nos llevamos muy bien. Es

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casi como una segunda madre. Muchas noches me invita a
comer porque sabe que, si estoy sola, no como casi nada.

–¿Subes a cenar?
Me gritó desde el balcón. 
–Tengo bacalao al pil pil

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.

–Vale, de acuerdo, ahora subo. Me doy una ducha y subo. 
Cuando tengo un caso difícil, me gusta explicárselo a

Carmela. Siempre me da buenas ideas. 

El bacalao y hablar con Carmela me fueron muy bien.

Después de cenar ya estaba más tranquila.

–Oye, y ese pobre chico, Alberto, y tú no... –me preguntó

Carmela que siempre quiere casarme.

–No, Carmela. No hay nada. Ya te he dicho que fuimos

novios en la Universidad pero ahora, nada...

–Pues por lo que dices, es un chico estupendo, con un

buen trabajo y...

–¡Carmela...!
–Vale, vale, me callo. ¿Y por qué dejasteis de ser novios?
–No le gusta comer. Sólo come hamburguesas.
–Ah, bueno, si es así... –respondió Carmela. 
Carmela piensa que la cocina es una cosa sagrada y las

hamburguesas un motivo de divorcio muy serio.

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El jueves por la mañana llamé a Alberto.
–¿Ha llegado ya la Sra. Zabaleta? –le pregunté.
–Sí, ya está en Madrid.
–¿Cuándo puedo verla?
–Yo ya le he dicho que vas a ir a verla. Te espera. Esta

mañana está en su casa.

–Magnífico. ¿Tienes la dirección?

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–Sí, toma nota...
Me dio una dirección en el Viso

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.

–Te llamo luego, ¿vale?
–¿Qué hago yo?
–Nada. Mis socios, Paco y Miguel, también están traba-

jando. Tú tranquilo.

–Lo intentaré.

14

La casa de los Zabaleta era una casa de los años veinte.

Muy grande pero un poco triste. En la puerta había dos fotó-
grafos, dos 

paparazzi

, esperando poder hacer fotos de la

viuda. En el jardín, dos perros muy grandes me miraron sin
interés. Llamé al timbre y una mujer mayor abrió la puerta.

–Soy Lola Lago. La Sra. Zabaleta me está esperando.
–Pase por aquí, por favor –dijo la mujer.
La casa era magnífica pero un poco fría. «Una casa sin niños»,

pensé yo, mientras esperaba en la biblioteca. Al cabo de unos
minutos, entró una mujer delgada de unos cuarenta años.

–Hola, ¿qué tal? –dijo dándome la mano.
–Encantada –respondí yo. 
De pronto me sentí muy mal vestida al lado de la elegan-

tísima Mª Victoria Villaencina de Zabaleta.

–Usted dirá. No creo que pueda ayudarla mucho. Ya sabe:

yo estaba en Cuba... –me dijo.

–Sra. Zabaleta, usted fue la última persona que habló con

él, ¿no?

–La última, no. La última fue el asesino, ¿no cree?
–Claro, claro, ya me entiende... –dije yo poniéndome roja

como un tomate. Mª Victoria me daba un poco de miedo,
tan bien vestida, tan elegante, tan segura...

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