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Добавлен: 13.04.2021
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–Gravísimo. Está en coma. Le dieron un golpe en la cabe-
za. Sus amigos dicen que fue Humberto. Y Humberto está
muerto de miedo, supongo. Y por eso se ha ido.
–¿Y no sabéis dónde está?
–No, ni idea. Se ha escondido. Ha desaparecido.
Humberto es un chico muy tranquilo, muy buena persona. Él
no ha sido. Nosotros estamos seguros. Es incapaz de matar a
una mosca
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.
–Buf... Qué complicado... –murmuré yo–. ¿Y la policía qué
dice?
–Ya sabes cómo son... No les gustan los extranjeros.
Además, ahora, con los colombianos son especialmente
duros
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.
Miré a María José y le pregunté:
–Eres profesora, ¿verdad?
–Sí, ¿se nota mucho? –contestó ella sonriendo.
–Un poquito.
–Es que tú eres detective –bromeó ella.
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María José y yo comimos un bocadillo en el bar de la
esquina y seguimos hablando un poco. Hablamos de los pro-
blemas del barrio, del racismo, de su trabajo... Luego, fui-
mos a la Asociación de Vecinos. Allí conocí a Elías, a Félix y a
Mohamed.
Elías tenía casi setenta años, era gordo, tranquilo, y
hablaba muy despacio. Era un viejo republicano
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que, des-
pués de la guerra, vivió unos años en Francia. Él mismo,
cuando era joven, fue emigrante, como muchos españoles.
Elías era muy amigo de Humberto, el chico colombiano.
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–Me gusta trabajar con extranjeros, con inmigrantes. Sé
lo que es vivir lejos de casa, estar solo por ahí.
También conocí allí a Félix, el profesor de español. Era
estudiante de Filología, en la Universidad, pero no sabía
muy bien cómo dar las clases de lengua.
–Es muy difícil... ¿sabes? Te preguntan cosas sobre las que
no has pensado nunca. Por ejemplo, ¿por qué se dice «estoy
contento» y no «soy contento»? A ver... ¿Por qué? Pero es
muy interesante... Me gusta.
Pensé que yo tampoco sabía por qué se dice «estoy con-
tento» y no «soy contento». Mohamed era uno de los
extranjeros de la Asociación. Nos miraba concentrado para
poder seguir nuestra conversación.
–El español... muy difícil. Pero Félix muy buen profesor
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.
Félix sonrió contento. Los tres, Elías, Félix y Mohamed,
conocían bien a Humberto. Estaban, como María José, muy
preocupados.
–¿Y vosotros dónde creéis que está ahora?
–No lo sabemos. Hemos preguntado a todos sus amigos,
a los otros colombianos que vienen por aquí... –explicó
Elías–. Y nadie sabe nada, nadie lo ha visto.
–Laura sabe algo, creo –dijo Mohamed.
–¿Laura? –pregunté yo– ¿Quién es Laura?
–Es una chica del barrio, española. Últimamente salían jun-
tos. A mí no me ha querido decir nada. Pero quizá a ti, Lola...
–¿Dónde puedo encontrarla?
–A estas horas, normalmente, va a tomar algo a
«Mateo’s», un pub que está aquí al lado.
–Uy, me voy. Tengo clase con los polacos
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... Y les tengo
que explicar el Pretérito Indefinido.
–¿Y eso qué es? –preguntó Elías.
–«Anduve, anduviste, anduvo...», del verbo «andar», por
ejemplo.
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–¿Y para qué sirve?
–Eso es lo que tengo que explicar: para qué sirve.
–¡Qué raro! «Anduve, anduviste...». Yo nunca digo eso
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–dijo Elías.
Yo salí: quería tomar algo en «Mateo’s» y encontrar a
Laura.
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En el «Mateo’s» un camarero me dijo quién era Laura.
Estaba allí, sentada sola en la barra del bar. Era una chica de
unos dieciocho años, morena, bajita, con unos ojos muy
grandes. Llevaba una cazadora de cuero, unos pantalones
vaqueros y los labios pintados de rojo. Parecía muy tímida.
Me acerqué a ella y le dije:
–Mira, tengo esto para Humberto.
Y le di una nota que acababa de escribir. Laura me miró
con miedo.
–No..., no soy de la Policía. Tranquila. Sólo quiero ayu-
darlo.
Ella guardó la nota. O sea, que sí sabía dónde estaba
Humberto.
La nota decía: «Humberto: si quieres ayuda, tenemos que
hablar. Si te escondes, la Policía pensará que eres culpable.
Mañana estaré en el bar “Las Vistillas” a las 11. Una
amiga.».
Laura me sonrió con tristeza. Lo estaba pasando mal. Me
explicó que sus padres no querían saber nada de Humberto.
–No quieren que yo salga con un extranjero. Y ahora con
este lío... Ayúdalo, por favor. Si lo detiene la Policía...
–Tranquila. Todo se solucionará.
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Eran ya las siete de la tarde. Estaba muy cansada y me fui
a casa. Fue difícil llegar a la Plaza de la Paja, donde yo vivo.
Había mucha gente. Por suerte, yo iba en moto. Muchos
madrileños llevaban trajes típicos
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. Algunos chulapos y chu-
lapas iban paseando hacia las Vistillas
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. Las terrazas de los
bares estaban llenísimas y se oía música: había un concurso
de chotis
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.
Hacía una noche muy agradable pero yo estaba demasia-
do cansada para salir por ahí.
En el portal de mi casa encontré a Carmela, mi vecina y
amiga. Llevaba un mantón de Manila precioso, negro, con
pájaros y flores de todos los colores.
–¡Qué guapa estás Carmela! ¿De dónde has sacado ese
mantón? Es maravilloso...
–Me lo regaló un admirador. Ya hace muchos años...
Carmela, de joven, trabajó en el teatro. Ahora tiene unos
sesenta años. Es muy buena amiga mía y... una gran cocine-
ra. Cuando me siento muy cansada o muy sola, voy a casa de
Carmela.
–¿Ibas a salir? –le pregunté yo.
–Sí, pero no importa. Iba a dar una vuelta. ¿Has cenado?
¿Te apetece un poquito de cocido madrileño
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? Pareces can-
sada...
–Mmmmmmmm... ¡Cocido!
No pude decir nada más. Entré en casa de Carmela y me
comí, casi sin decir nada, dos platos de cocido. Luego le
expliqué el caso de Humberto y por qué no estaba yo en
Menorca.
–Y ahora, para animarnos un poco, nos vamos a bailar un
rato a Las Vistillas. ¿Qué te parece?
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