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Добавлен: 13.04.2021
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–Uy, Carmela... Es que estoy muerta...
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, ¿sabes?
Pero no pude decir que no: Carmela y yo nos fuimos de
Fiesta Mayor.
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El jueves, muy temprano, llamé a mis socios. Teníamos
una reunión, en la oficina, a las nueve. Ellos llegan muchas
veces tarde.
Allí me esperaban algunas sorpresas. La primera sorpresa
fue Paco. Paco es uno de mis socios. Es gordito, un poco
calvo pero es un verdadero donjuán.
Aquel día entró en la oficina vestido de «chulo» madrileño.
–Dios mío... ¿Pero dónde vas así...? –le pregunté yo muer-
ta de risa.
–Es una larga historia.
–¿Cómo se llama ella...?
Y es que en las «historias» de Paco, siempre hay una
mujer.
–Elisenda.
–¿Y de dónde es Elisenda?
La especialidad de Paco son las extranjeras.
–Venezolana. Elisenda quiere participar en un concurso
de chulos y chulapas. Es hoy, a las doce, en la Plaza Mayor.
Elisenda tiene mucha personalidad, ¿sabes?
–Sí, me imagino. Estás monísimo...
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Pero el pantalón te
queda un poco pequeño, ¿no? –dije intentando no reírme.
–Lo he alquilado y no había mi talla.
–Lo que hay que hacer por amor... –dije yo.
–Oye, pues no estoy tan mal...
Paco no tiene ningún complejo. Es un hombre feliz.
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Miguel, mi otro socio, es completamente diferente. Es
alto, atractivo, pero muy tímido. Y lo pasa muy mal con las
chicas. Ese día llegó a la oficina preocupado.
–Y a ti, Miguel, ¿qué te pasa? –le pregunté yo.
–Pues que tengo que pasear a Gabriela, llevarla a las fies-
tas y todo eso.
–¿Gabriela?
–Sí, una prima mía lejana, que no conozco de nada. Llega
hoy de Buenos Aires
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. La tengo que ir a buscar ahora al
aeropuerto. Y es que me encuentro fatal... Uuy, mi cabeza...
–Pues tómate una tila
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, venga...
Miguel cada vez que sale con una chica nueva, se pone
nerviosísimo y dice que está enfermo. ¡Qué socios!
–Bueno, ahora, todo el mundo a mi despacho. Reunión
general. Tenemos un caso.
–Pero, nena
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, si es San Isidro..., Fiesta Mayor...
–Tenemos un caso –corté yo–. Y no me llames «nena».
Les expliqué rápidamente lo que pasaba. E hicimos un
plan. Por la noche todos iríamos a la Pradera de San Isidro
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,
con Elías y los demás, e intentaríamos acercarnos a gente de
Peñalbina. La Asociación de Vecinos tenía un puesto de
bebidas y bocadillos en la Pradera.
–Y ahora me voy a mi cita. A lo mejor viene Humberto.
Y así fue: Humberto vino.
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A las once estaba yo en el bar «Las Vistillas». ¿Vendría
Humberto a nuestra cita?
Cuando entró le reconocí inmediatamente. Tenía el pelo
largo, muy negro, y esa mirada profunda de los andinos...
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Era muy atractivo. Me acerqué a él y le dije:
–¡Qué bien que has venido!
–¿Quién es usted? ¿Por qué me busca?
–Me llamo Lola Lago. Soy detective privado y me han
contratado para ayudarte.
–Elías, María José y...
–Exactamente.
–Son muy buena gente.
–Sí, te quieren mucho y están muy preocupados. Y ahora,
cuéntame. Y, por favor, tutéame...
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.
Humberto tenía mucho miedo. No quería hablar con la
Policía.
–No tengo permiso de residencia
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. Me van a mandar a
Colombia. Y allí va a ser peor...
Se iba relajando y acabamos hablando como viejos ami-
gos. Necesitaba hablar.
–¿Peor que en España?
–Sí, y eso que aquí no es fácil. Mi familia tuvo problemas,
allí en Colombia, con el Cártel de Medellín
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.
–¿Con la mafia de la droga?
–Sí, sí. Mi familia no quiso trabajar para ellos. Mataron a
mi hermano mayor. Yo no puedo volver a Colombia, ¿com-
prendes? Si me agarra la policía española...
–¿Trabajas?
–Algo. Está difícil... Toco música latinoamericana en un
local, en la calle Baños Viejos. En «El Candil».
–Lo conozco, yo vivo al lado.
–A mí me gustaría estudiar. Estudiar música, en el
Conservatorio. Pero todo es muy difícil para un extranjero
con poca plata
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.
Los dos nos quedamos un momento callados.
–Al principio uno piensa que en España va a ser más
fácil... Hablamos el mismo idioma y todo eso, pero...
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–Sí, no nos parecemos tanto como creemos –dije yo.
–También tengo miedo de los amigos del «Tigre» –dijo al
cabo de un rato.
–De los «cabezas rapadas»...
–Sí. Buscan un culpable. Y ya sabes cómo son con los
extranjeros... Y ellos, no sé por qué, piensan que fui yo.
Tengo que esconderme.
En aquel momento, tuve una idea genial: Carmela.
–Tengo una idea: vas a pasar unos días con una amiga mía.
–Si tú lo dices...
Humberto ya confiaba en mí.
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Llegamos a casa de Carmela y le pregunté directamente:
–Carmela, ¿puede quedarse unos días en tu casa este
amigo?
Ella estuvo inmediatamente de acuerdo. Luego le conta-
mos la historia de Humberto.
–Ah, pero si yo he leído algo de eso en el periódico...
Cogió el periódico que estaba sobre la mesa y leyó:
–«Cabeza rapada agredido por un colombiano. La Policía
busca al presunto autor del delito.». Estarás mejor aquí con-
migo, hijo.
Así que dejé a Humberto instalado en casa de mi vecina.
Ella estaba encantada.
–Lo cuidaré como a un hijo. Aquí estará seguro –me dijo
cuando me marchaba.
Humberto parecía más tranquilo.
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