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Добавлен: 13.04.2021
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Lo primero que yo necesitaba era tener más información.
Me acordé de Paulino Quijano. ¡Pobre Paulino! Era un viejo
amigo mío. Trabajaba en la Policía, en el Departamento de
Información. Estaba locamente enamorado de mí, desde
hacía años. Yo nunca le hice mucho caso. Pero él, siempre
que yo le necesitaba, me ayudaba. Así que decidí llamarle.
–Paulino. Necesito saber algunas cosas.
–Claro, como siempre. Nunca me llamas para salir...
–Bueno, si quieres, un día de éstos...
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.
–No seas hipócrita. ¿Qué quieres saber? Venga, cuéntame.
–Qué sabéis vosotros de una agresión a un
skin
, a un
«cabeza rapada». Un tal «Tigre». Y qué sabéis, en general,
de los «cabezas rapadas» de Peñalbina. Ya sabes, el barrio
que está cerca del Parque de San Isidro.
–Dame un par de horas. ¿Me llamas a las cuatro?
–Gracias, Paulino, eres un cielo
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.
–Por ti hago yo lo que sea. Atracar un banco, por ejemplo.
–Paulino, que eres policía...
Paulino tiene mucho sentido del humor.
A las cuatro, desde la Asociación de Vecinos de Peñal-
bina, llamé a Paulino.
–He encontrado un par de cosas interesantes. Toma nota.
Primero: lleva el caso el Inspector Gil...
–¡No me digas...! –dije disgustada.
–¿No te gusta?
–Me cae fatal. Es un machista. Y seguramente, racista...
Un viejo facha
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, vaya.
–Sí, me parece que sí. Otra cosa. Por aquí piensan que el
«Tigre» y un amigo robaron el otro día en una tienda de dis-
cos, en la Calle Mayor
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. Se llevaron 350 000 pesetas y una
buena colección de discos.
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–Muy interesante, realmente interesante... –dije yo.
–En el hospital han dicho que el «Tigre» llegó muy
borracho.
–Ya...
–¿Cenamos juntos esta noche? –me preguntó Paulino.
–Es que...
–Sí, ya sé. Eres mi «amor imposible»...
–No exageres. Soy un desastre: no sé cocinar. Un día de
éstos te llamo y tomamos unas copas
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, ¿vale?
Después de la llamada, me quedé un rato hablando con
Elías y con Mohamed. No había nada nuevo y decidí irme un
rato a casa.
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Por la noche mis socios y yo pensábamos ir a La Pradera de
San Isidro. Yo quería acercarme a los «cabezas rapadas» y
tuve una idea genial. Busqué una vieja chaqueta militar de mi
padre. También encontré unas botas y una bufanda del Real
Madrid
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de mi abuelo. Con unos vaqueros con tirantes y un
buen peinado, sería la
skin
más guapa de la Fiesta Mayor.
Antes de salir, fui a casa de mi amiga Carmela.
–Dios mío, Lola... ¿A dónde vas así? ¿Te has vuelto loca?
–Carmela, estoy trabajando.
–Es que este trabajo tuyo... No sé, no sé...
–¿Y Humberto?
–Muy bien. Hoy se ha comido dos platos de callos a la
madrileña
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.
–¿Y ha sobrevivido?
–Je, je... Hala, adiós, y ve con cuidado. Yo voy a preparar
la cena: unas judías con chorizo
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. Este chico tiene que comer.
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–Carmela, por favor, no abráis a nadie. Creo que
Humberto está en peligro.
–Confía en mí. Después de la guerra, trabajé para el
Servicio de Inteligencia Británico.
Conociendo a Carmela, puede ser verdad.
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Hacia las once de la noche, nos encontramos todos, en el
puesto de la Asociación de Vecinos de Peñalbina, en la
Pradera de San Isidro. Allí estaba Paco, mi socio, y Elisenda,
su amiga, vestidos de chulos. También fueron Miguel, mi
otro socio, y su prima argentina. Guapísima, por cierto.
¡Menudos colegas! Venían a trabajar con las chicas. También
estaban los de la Asociación: Elías, María José, Félix,
Mohamed... y algunos otros españoles y extranjeros. Mi dis-
fraz funcionaba muy bien: al principio, nadie me reconoció.
Luego, Elías y yo dimos una vuelta por la Pradera.
–Míralos, ahí están –dijo Elías, y me señalo a los amigos
del «Tigre».
Era un grupo de unos diez «cabezas rapadas», con aspec-
to clásico: pelo muy corto o rapado, vaqueros remangados,
tirantes, ropa militar, grandes botas, símbolos fascistas...
Una pinta muy peligrosa. De pronto, llegó uno en una moto,
una moto grande.
–¡Anda!, ¡qué moto tiene el «Jetas»! –dijo Elías.
–¿Quién es?
–El «Jetas», el mejor amigo del «Tigre».
–Nos vemos luego.
Y me acerqué a donde estaban los «cabezas rapadas».
Empecé a hablar con uno de ellos, un tal Andrés. Parecía
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muy tímido pero después de una «litrona»
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de cerveza
empezó a hablar. Era un personaje curioso: cara de niño,
lleno de granos, y pinta de neonazi.
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Hacia las dos
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de la madrugada, conseguí alejarme, con
Andrés, de los demás «cabezas rapadas». Todos habían bebi-
do mucha cerveza.
–¿Tú conoces al «Tigre»?
–Sí, claro. Todo el mundo conoce al «Tigre».
Me di cuenta de que Andrés se ponía nervioso al hablar
del «Tigre».
–Ese «sudaca»
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... –le provoqué yo–. Si lo cogéis vosotros...
Andrés se quedó callado. Y eso me pareció extraño. No
reaccionó como yo esperaba.
–¿Nos tomamos otra cerveza, «colega»
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? –le propuse.
Mi intuición me decía que Andrés sabía algo. Y mi intui-
ción no me engaña casi nunca. Tenía que emborracharle aún
más. Con mucha cerveza, a lo mejor me lo explicaba.
Nos sentamos en un banco a tomar otra «litrona». Eran
las tres y la mayoría de la gente empezaba a marcharse.
En ese momento, por la calle que rodea el Parque, pasó
el «Jetas» con su nueva moto.
–Cerdo asqueroso... Asesino... –murmuró Andrés.
–Me quedé paralizada. Sólo pude decir.
–¿Cómo? ¿Quéééé?
–Ese cerdo... A ti te lo puedo decir... Se nota que eres
«legal»
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. Pero es un secreto...
Y entonces me lo explicó todo. Todo el mundo confiaba
en mí últimamente: Andrés había visto al «Tigre» y a su
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