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–Estupendo. Hasta mañana.
En Figueres he estado buscando tiendas de pintura y

dibujo. He encontrado tres. En todas he comprado un lien-
zo para pintar. En ninguna de las tres pone «Figueres».
Tiene que haber otra tienda en esta ciudad. En esta ciudad
o en esta región. Mi olfato de detective y yo no nos equivo-
camos nunca. En la última tienda he preguntado:

–¿Hay alguna otra tienda de dibujo aquí en Figueres?
–Sí, está «Diseño Art», pero los sábados por la tarde esta

cerrado.

–¿Puede decirme dónde está, por favor?
–Sí, mire, está en la Plaza de la Palmera, muy cerca de la

carretera de Rosas

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.

–Pues muchas gracias.
–De nada.
Iré el lunes por la mañana con Miguel. 
A última hora de la tarde he ido a Rosas. He paseado por

la bahía y he visto una puesta de sol maravillosa. Luego he
vuelto al hotel de Figueres. Voy a dormir con la ventana
abierta. Porque hace calor y porque así veo algunas de las
esculturas de Dalí. Un lujo.

Domingo, 21 de octubre de 1989

He desayunado como una vaca: tostadas con mantequilla

y mermelada, dos 

croissants

y café con leche… A las diez he

recogido a Miguel en la estación:

–¿Qué tal el viaje?
–Bien, pero tengo mucho sueño.
–¿No has podido dormir?
–No mucho. Nunca puedo dormir en los trenes ni en los

aviones…

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–Pues despiértate, que tenemos mucho trabajo. ¿Has

estado alguna vez por aquí?

–No, es la primera vez.
–Pues te va a encantar. Además hace un tiempo maravi-

lloso.

Hemos ido un momento al hotel a dejar la maleta de

Miguel y luego nos hemos ido a Port Lligat a ver la casa de
Dalí. Estaba cerrada pero hemos visto unas cuantas escultu-
ras en el jardín. Después, nos hemos ido a Cadaqués. A
Miguel le ha encantado todo, incluidas las gambas que
hemos comido. 

A media tarde hemos dado un paseo junto al mar. En una

de las casas más antiguas del pueblo, debajo de unas arca-
das, hemos visto una galería de arte. Estaba abierta y hemos
entrado. Era una exposición de una pintora catalana. Los
cuadros no me han gustado mucho. Pero yo no soy crítico de
arte, soy detective. O sea: según mi costumbre, he cogido
dos cuadros y les he dado la vuelta. Cuando la pintora ha
visto sus cuadros del revés, ha empezado a gritar:

–Pero… ¿Qué hace…?
–¿Yo? –he dicho ingenuamente–. Nada. Se caían…
Miguel estaba horrorizado. La pintora ha venido, ha

cogido los cuadros y los ha puesto bien. No me ha importa-
do. Detrás de la tela ponía: «Figueres».

–Perdone, ¿usted dónde compra las telas para pintar?
–¿Cómo?
–Que dónde compra usted las telas, o sea, los lienzos.
–¿Y a usted qué le importa? –me ha contestado, muy

enfadada, la pintora.

–Perdone, pero es muy importante para mí saberlo.

Cuestión de vida o muerte.

Los detectives siempre tenemos que mentir. La pintora ha

pensado que estoy loca y me ha dicho: 

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–¡En Figueres!
–Sí, pero ¿dónde?
–¡En «Diseño Art»! –ha dicho gritando.
No necesitaba decir más. Hemos salido de la exposición.

Miguel, medio enfermo. Yo, encantada.

–Miguelito, el lunes tenemos que ir a «Diseño Art».
–¿Para qué? ¿Para organizar un escándalo como el de

hace un momento?

Miguel es un hombre discreto y no soporta los líos que

organizo a veces. Le he explicado todo lo que he hecho para
saber dónde compraba Urpiano las telas para pintar. Dónde
las compraba o dónde las compra.

–Es curioso… –ha dicho Miguel mientras paseábamos

tranquilamente.

–¿El qué?
–No hay ninguna calle ni ninguna galería de arte ni nin-

gún bar «Urpiano». Pero hay cientos de cosas que se llaman
Dalí: «Bar Dalí», «Hotel Dalí», «Dalí galería de arte»…

–Es verdad… Pero, claro, Dalí es más conocido…
–Sí, sí, pero es curioso…
Hemos seguido paseando y, luego, nos hemos sentado en

un bar para tomar algo. El camarero nos ha traído la carta.

–Mira, Miguel, también hay un bocadillo que se llama

Dalí… –he dicho yo, riéndome.

–Ah, ¿sí? ¿Y de qué es?
–Pues no lo sé.
–Pues tenemos que preguntarlo. En Madrid se lo pienso

preparar a Feliciano. Seguro que no lo ha comido nunca. 

Miguel es un sentimental. Aquí, en uno de los pueblos

más bonitos de la Costa Brava, junto al mar Mediterráneo y
trabajando en un caso al lado de una guapa mujer (o sea,
yo) piensa en Feliciano y su afición por los bocadillos. Tengo
unos socios maravillosos. 

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No he querido cenar nada. Hace una semana empecé una

dieta, me parece.

Lunes, 22 de octubre de 1989

Nos hemos levantado a las ocho, hemos desayunado en

el hotel y hemos ido a «Diseño Art». La dependienta es una
chica de unos veinticinco años, guapísima. Antes de entrar
en la tienda Miguel me ha dicho:

–Yo me quedo aquí.
–¿Por qué? –le he preguntado extrañada.
–Porque estoy nervioso.
Otra vez Miguel y su timidez con las mujeres. Muy seria

le he dicho:

–Esta vez, Miguel, vas a entrar y vas a hablar con ella. ¿De

acuerdo? O haces eso o te vuelves a Madrid.

Yo sabía que iba a funcionar. Miguel está encantado en

este viaje y no tiene ganas de volver a Madrid.

–Bueno, de acuerdo, está bien, pero hablas tú…
–Vale.
Hemos entrado los dos.
–Hola, buenos días.
–Buenos días, ¿qué desean?
–Queríamos ver telas para pintar…
–O sea, lienzos, ¿no? Pasen por aquí…
Nos hemos ido los tres al fondo de la tienda.
–Aquí están. Pueden cogerlos ustedes mismos…
–Gracias.
Miguel y yo hemos estado mirando los lienzos. Por

detrás, claro. Es mi nueva costumbre. En todos ponía:
«Figueres». Estaba segura. Ya sabemos una cosa: en Figueres
hay cuatro tiendas de dibujo y solo en una detrás de los lien-

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zos pone «Figueres». Ahora tenemos que saber otra cosa:
¿cuántos años tiene esta tienda?

–Tienen una tienda estupenda –le he dicho a la depen-

dienta. 

–Gracias –me ha contestado sin dar importancia a lo que

le he dicho.

–¿Cuántos años tiene esta tienda?
–Bastantes. Empezamos en 1978.
¡Ajá! Urpiano empieza a ser conocido en 1980… O sea,

dos años después… Otra vez mi intuición de detective. De
detective y de mujer.

–¿Y tienen un cliente que se llama Arnal Ballester?
–Pues no lo sé. Un momento, lo voy a mirar.
–¿Quién es Arnal Ballester? –me ha preguntado Miguel.
–Un dibujante amigo mío…
–¿Y tú crees que compra aquí sus cosas?
–No… Pero quiero ver dónde tienen las fichas de los

clientes…

La dependienta ha entrado en un despacho, ha mirado

un fichero, ha salido, ha cerrado con llave y ha guardado la
llave en un cajón. Necesito a Miguel. 

–Miguel, ¿por qué no empiezas a hablar con ella…?
–¿Cómo? ¿Con…, con ella?
–Tienes que ser amable con ella… Le tenemos que hacer

unas preguntas…

–¿Por qué yo?
–Porque voy a conseguir una llave.
–¿Una llave?
–Habla con ella y luego te explico…
Miguel estaba de color rojo, colorado como un tomate

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.

Pero es un buen profesional y le ha preguntado a la depen-
dienta:

–¿Hace mucho tiempo que trabajas aquí? 

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