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Tripa Por amor al arte 10/1/08 09:57 Página 29

Miguel es alto, fuerte y guapo. La chica ha decidido con-
testar a todas sus preguntas.
–¿Cómo te llamas?
–María. ¿Y tú?
–Miguel.
Les he dejado y he ido a ver unas cosas. Unas cosas al lado
de un cajón. Dentro del cajón estaba la llave del despacho.
Ha sido fácil. Un minuto después tenía la llave en el bolsillo.
La chica le decía a Miguel:
–¿Y vas a quedarte muchos días?
Miguel ha mentido:
–Me voy después de comer.
–¡Qué pena! –ha dicho la dependienta.
–Bueno –he dicho yo–, nos vamos.
Y nos hemos ido. En la comida le he dicho a Miguel:
–Necesitamos el fichero de los clientes de «Diseño Art».
–¿Y has pensado cómo conseguirlo?
–Sí. Esta tarde volveremos a la tienda…
–¿Otra vez?
–Bueno, vas a volver tú y vas hablar con la dependienta.
Vas a ligártela
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.
–¿Yo? ¡Estás loca!
–Vas a ligártela. Entonces yo voy a entrar en la tienda,
pero ella no tiene que verme…
–Pero, Lola…
–Yo entro, voy al despacho, abro con esta llave, cojo el
fichero y, luego, salgo y ya está.
–No me gusta nada la idea.
–¿Tienes otra mejor?
–Sí, tu hablas con la chica, yo entro, voy al despacho, abro
con la llave, cojo el fichero, salgo y ya está…
–Solo hay un problema –he dicho yo.
–¿Cuál?
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–Que ella quiere hablar contigo, no conmigo…
Era verdad. Miguel lo ha aceptado.
Después de comer, he subido con Miguel a su habitación
del hotel. Le he escogido yo la ropa: unos vaqueros, una
camisa azul claro, un jersey beige y la cazadora de ante
marrón.
–Estás guapísimo –le he dicho.
–Muy graciosa.
Miguel no estaba para bromas.
A las cinco y media ha entrado en «Diseño Art». María se
ha alegrado de verle.
–No te has ido…¡Qué bien!
–Me he quedado para estar contigo… –le ha dicho
Miguel muy colorado.
Yo estaba escondida cerca de la puerta. Unos minutos
después Miguel y la dependienta han ido hacia el fondo de
la tienda, donde están los lienzos. Entonces he entrado. He
ido directamente a la puerta del despacho, he abierto la
puerta con la llave que he cogido esta mañana y me he
metido dentro. No veía nada pero no podía encender la luz.
Tenía que actuar rápido. En la mesa había dos ficheros.
«¡Cielos! ¿Cuál es el fichero de los clientes?» Los detectives
no podemos dudar: he cogido los dos y los he metido en mi
bolso. Siempre llevo bolsos grandes. Iba a salir pero he
oído:
–¡¡María!! ¡María!, ¿dónde estás? ¿Dónde estás, María?
Era una voz de hombre. De hombre mayor. Rápidamente
he pensado: «Está al lado de la puerta del despacho… Va a
entrar. ¿Y María? ¿Por qué no contesta? ¿Qué está haciendo
Miguel?». La gente cree que los detectives somos como los
de las películas americanas. Yo, con dos ficheros en el bolso,
asustada, al lado de la puerta, parecía la Pantera Rosa.
–¿María? ¡¡¡María!!!
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El hombre estaba cada vez más enfadado. Yo he pensa-
do: «Éste es el propietario de la tienda. Seguro.» Pero,
¿dónde estaba María? De repente he oído:
–Estoy aquí, señor Torner. Enseñándole unos lienzos a
este señor…
–Ah, bueno –ha dicho el jefe–. ¿Tiene la llave del despa-
cho? En el cajón no está.
«¡Cielo santo!», he pensado yo. «Quiere entrar en el des-
pacho… Y van a descubrir que la llave no está, que la puer-
ta está abierta y que yo, yo, la magnífica detective, estoy
aquí dentro con todos los ficheros de la tienda…»
No tenía miedo, la verdad. Solo vergüenza. Pero allí esta-
ba Miguel. Ha dicho:
–Usted es el señor Torner, ¿verdad? El propietario, ¿no?
–Sí, señor.
–Pues quería preguntarle por una cosa del fondo de la
tienda… ¿Puede venir un momento conmigo?
Un vendedor es un vendedor. Ha aceptado acompañar a su
posible cliente al fondo de la tienda. Y entonces he salido. He
salido del despacho y de la tienda. Pero no me he ido muy
lejos. Enseguida he vuelto a entrar. Desde la puerta he dicho:
–¿Miguel? ¿Estás ahí Miguel?
–Dime, Lola –ha dicho Miguel desde el fondo.
–Es que tenemos el coche mal aparcado…
–Ahora mismo voy.
Así hemos conseguido salir de la tienda con los ficheros y
sin problemas con el propietario. Miguel estaba un poco
triste. Creo que María le ha gustado. Mejor.
Hemos ido directamente al hotel. Mañana por la mañana
vamos a estudiar los ficheros. No sé si vamos a descubrir
algo. Pero, al menos, ya tenemos trabajo. También vamos a
llamar a la oficina. Para controlar la situación y para saber si
Paco tiene ya los resultados del laboratorio.
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Martes, 23 de octubre de 1989
A las diez de la mañana he llamado a la oficina. Antes es
inútil.
–Lola Lago, detective, ¿diga?
–¿Margarita? Lo siento, no soy Tony. Soy Lola.
–Ay, Lola, ¿qué tal? –ha dicho Margarita disimulando.
Margarita disimula mal. Prefiere a su novio Tony.
–Estupendamente. ¿Está Paco por ahí?
–Sí, acaba de llegar. Ahora se pone.
–Hola, nena, ¿qué tal estáis?
–Primero, no me llamo «nena», me llamo Lola… y segun-
do, te recuerdo que entras a trabajar a las nueve de la
mañana…
–Ya veo que estás de muy buen humor… ¿Hay noveda-
des?
–Pocas. ¿Sabes algo del laboratorio?
–Sí. Creo que Cayetano Gaos tiene razón. La madera y la
tela solo tienen ocho años.
–¿Ocho?
–Sí, ocho. Ni uno más.
–¡Bien! Cayetano tiene razón. Urpiano no existe. Ahora
necesitamos más pruebas.
–Más pruebas y saber quién está detrás de Urpiano.
–Exacto. Pero Miguel y yo ya hemos empezado…
–Ah, ¿sí? ¿Qué habéis hecho?
–Muchas cosas. Sabemos dónde compra el falso Urpiano
los lienzos para sus cuadros y tenemos una lista de clientes
de la tienda. Ahora tenemos que estudiar las fichas y empe-
zar a actuar.
–¿Puedo ir yo también?
–De momento, no.
–Por favor, Lola…
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