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Добавлен: 13.04.2021

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amigo el «Jetas» el lunes por la noche, muy tarde. Estaban
los dos solos y muy borrachos. Empezaron a discutir y el
«Jetas» le dio un empujón al «Tigre». Éste se cayo de espal-
das y se quedó en el suelo. El «Jetas» le dio una patada, le
quitó algo de la chaqueta y salió corriendo.

–No sé si el «Jetas» me vio o no –me explicó asustado.
Ahora Andrés no sabía qué hacer. Tenía miedo del

«Jetas». 

–¿Por qué eres «cabeza rapada», Andrés?
–Porque me gusta.
–¿Seguro? 
Andrés no me contestó. Se había dormido. Estaba KO.

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El viernes me fui al hospital, al 12 de Octubre. El «Tigre»

ya no estaba en la UVI

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y no fue difícil encontrar su habi-

tación: había un Policía Nacional

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en la puerta. Le expli-

qué llorando que yo era la hermana del «Tigre». Le di pena
y me dejó entrar. A veces pienso que debería ser actriz y no
detective.

El «Tigre» estaba completamente inmóvil. Era un tipo

alto, fuerte y bastante feo. En su cara no había ninguna
expresión, pero... ¡tenía los ojos abiertos! A lo mejor podía
comunicarme con él... Me acerqué a la cama. 

–Hola, «Tigre».
El «Tigre» no reaccionó. Yo, muy lentamente, le expli-

qué: 

–No sé si me oyes, pero... Mira, quiero saber qué ha pasa-

do, quién te ha hecho esto. Te voy a preguntar algo. Si quie-
res contestar «sí», cierra los ojos una vez. ¿De acuerdo?

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Y el «Tigre» cerró los ojos lentamente. ¡Me entendía!

Intenté calmarme y seguir.

–¿Ha sido el «Jetas»? 
El «Tigre» volvió a cerrar los ojos.
–Gracias.
Y salí de la habitación.
En el pasillo encontré a un viejo conocido: el Inspector

Gil.

–¡Hombre...!

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Si es Doña Lola Lago...

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. ¿Qué hace usted

por aquí? No estaría metiendo las narices

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en temas de la

Policía, ¿verdad?

–No, yo no, qué va..., en absoluto. He venido a ver a un

familiar... A un primo... Le han operado de apendicitis,
¿sabe?

–Ah..., comprendo –dijo él sin creer una palabra–. ¿Y qué

hacía usted en la habitación del «Tigre»? ¿De visita?

–No, nada, me he equivocado de habitación.
Pero Gil no me creía.
–Pues no se equivoque, señorita... –me dijo él con ironía–.

Éste es un asunto de la Policía. Y además, todo está muy
claro. No necesitamos a ningún detective privado.

–Ah, ¿sí? ¿Está todo claro?
–Más claro que el agua

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, señorita: ese sudamericano lo

hizo, y ya está.

Lógico: el Inspector Gil estaba muy contento con el

caso. No le gustaban ni las mujeres detective ni los extran-
jeros. 

Pobre Humberto... Yo tenía que encontrar pruebas con-

tra el «Jetas». Urgentemente.

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Desde el hospital me fui a casa de Carmela. Allí estaban

los dos, Carmela y Humberto.

–¿Qué tal estáis?
–Pues muy bien. Como Humberto no puede salir a la calle

y se aburre, he sacado mi vieja guitarra del armario. ¡Y qué
bien canta este chico...! Canta como un ángel. Y sabe las
canciones de mi época: boleros y todo eso

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. «Pasarán más

de mil años, muchos maaaaaaaaás...»

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.

Humberto sonrió tímidamente y me preguntó:
–¿Algo nuevo?
–Sí, muchas cosas nuevas: sé quién lo hizo.
–¿De veras?
–Si es que mi Lola... es genial. Es mejor que el Colombo

ese de la tele...

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–dijo Carmela siempre tan «objetiva» con-

migo.

–Pero todavía no está todo solucionado. Tengo que bus-

car pruebas, testigos...

Luego llamé a María José y le conté un poco la historia.

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Los «cabezas rapadas» de Peñalbina iban todas las

noches a un bar llamado «Kadenas». Andrés me lo había
dicho. Y yo decidí actuar. 

No les dije nada a Paco y a Miguel. Prefería actuar sola.

Fui a casa a prepararme: me puse una peluca rubia, estilo
Marilyn Monroe, los labios muy rojos y un vestido negro
muy «sexy». 

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Esperé al «Jetas» frente al bar. A las once salió y yo empe-

cé a seguirle. Mi plan era hacerle hablar. Un plan bastante
estúpido, por cierto: el «Jetas» no es de los que arreglan las
cosas hablando. 

Anduvimos unos doscientos metros. Él delante y yo

detrás. Luego, entramos en una calle oscura y desierta.
No había absolutamente nadie. Sólo se oían nuestros
pasos. Confieso que tuve un poco de miedo. Yo no soy
Colombo.

De pronto, el «Jetas» se dio la vuelta. Y de su chaque-

ta de cuero salió un cuchillo. Me miró con ojos de loco y
me dijo:

–¿Qué quieres? ¿Por qué me sigues?
–¿Quién? ¿Yo? –casi no tenía voz–. Yo no te sigo... 
–Te conozco. Te he visto por ahí, con los «rojos»

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esos de

la Asociación.

Luego, me puso el cuchillo en el cuello. Pero no tuvo

tiempo de hacer nada más. De detrás de un contenedor de
basura salió Paco, mi socio. De la esquina, Miguel. Félix,
Mohamed y María José, los de la Asociación, salieron de
detrás de un quiosco. De la entrada de una casa, al final,
salió Elías. Entre todos cogieron al «Jetas».

–¿Crees que íbamos a dejarte sola, nena? –dijo Paco. 
–Llama a Gil, por favor. 
Luego me desmayé y me caí al suelo. Efectivamente, no

soy Colombo. Él no se desmaya después de detener al cul-
pable.

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El sábado nos reunimos todos en la agencia de detecti-

ves. La noticia ya estaba en la prensa.

–Mira, también dicen que el «Tigre» ha recuperado el

conocimiento. Ha hablado con la Policía y ha confirmado mi
teoría –expliqué con el periódico en la mano.

–¿Y el «Jetas» sigue detenido?
–Sí, claro. Y ha confesado.
–Bueeeeno... Pues ahora sí que podemos ir a la Fiesta

Mayor. ¿Nos vemos esta noche en La Pradera? –propuso
Paco.

–Claro, hay que celebrarlo con la gente de Peñalbina

–dijo Miguel.

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El sábado por la noche fuimos todos de Fiesta Mayor: los

de la agencia, Carmela, y los de la Asociación. A Elías le pre-
senté a Carmela. Los dos se gustaron mucho y estuvieron
bailando boleros toda la noche. Desde ese día a veces salen
juntos. Creo que están medio enamorados. 

Humberto y Laura, su amiga, estaban más felices que

nunca. Incluso los padres de Laura se tomaron unas cervezas
con su hija y con Humberto. 

Félix estuvo toda lo noche explicándole gramática y foné-

tica a Mohamed:

–Callos a la Madrileña, ca-llos.
–Calios

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.

–¡No, no! Ca-llos. Con elle. Mira... la lengua se pone así...

Llllllll... Elle.

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