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Me quedé mirando. En el suelo brillaba algo. Algo que

se había caído del bolso. ¿Qué hacer? Me vestí y bajé a
buscarlo. 

Delante del portal, encontré unas llaves. Ninguna de las

llaves abría la puerta. 

Luego, me fui a dormir. Estaba muy cansada. Ya era la

una y cuarto.

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Me levanté a las once. Era domingo. Compré 

El País

4

y

me senté en la terraza de la Plaza de la Paja. Los domingos
por la mañana me encanta sentarme en una terraza a leer
el periódico tranquilamente. Pedí un café con leche

5

y me

puse a hojear el suplemento dominical

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. ¡Qué bien! Todo

un domingo para..., para no hacer nada, absolutamente
nada.

Al cabo de un rato, llegó a la plaza una ambulancia. Se

paró delante del número 10, la casa de la noche anterior. Un
grupo de vecinos salió al portal. Todos estaban muy serios y
hablaban bajo. Unos minutos después, los enfermeros baja-
ron en una camilla a una anciana. Parecía muy grave. Dejé
mi café con leche y me acerqué. En el centro del grupo, una
mujer de unos sesenta años explicaba algo a los demás muy
nerviosa. Era la portera. Repetía una y otra vez: «¡Dios mío!
¡Qué desgracia!». Me acerqué más para oírlo todo. Habían
entrado a robar en la casa de la anciana, doña Lupe.

–Yo le subo todos los domingos el periódico y hoy nadie

me ha abierto. Me ha parecido muy raro y, como tengo llave,
he entrado. Y ahí estaba, la pobre, en el suelo, toda llena de
sangre. ¡Qué susto! Al principio pensé que estaba muerta...
¡Dios mío! ¡Qué desgracia! –explicó doña Elvira, la portera.

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–Oiga, doña Elvira, ¿y la sobrina? ¿No vive doña Lupe con

una sobrina? –preguntó un vecino.

–Pues no sé dónde estará... Ayer no la vi... Como viaja

mucho... Es azafata o algo así. ¡Ay, Dios mío! ¡Qué desgra-
cia! –dijo la portera.  

La verdad es que estaba contenta de ser el centro de la

reunión. Se notaba.

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Al poco rato llegó la policía, el inspector Lucas Gil y un tal

Peña. Yo los conocía sólo de vista, pero los saludé como a ami-
gos de toda la vida. Una buena manera de tener información.

–Oye, después me gustaría hablar con vosotros –le dije a

Gil–. Vivo ahí enfrente, ¿sabes?, y anoche, desde mi balcón
vi cosas que quizá tienen relación con esto.

Gil y Peña me miraron con desconfianza. Conozco bien

esa mirada. La mayoría de policías españoles miran así a una
mujer detective. Te miran como a una niña que quiere jugar
a ser mayor. Finalmente aceptaron tomar un café conmigo.

–Os espero ahí enfrente, en la terraza. No os olvidéis, ¿eh?
–Cómo nos vamos a olvidar, mujer.
–Hasta ahora.
–Hasta luego.
La portera seguía explicando cosas. Doña Lupe vivía en el

tercer piso, en el de la derecha. En el piso de las extrañas
entradas y salidas de anoche. 

«Lo sabías, Lola, lo sabías...», me dije a mí misma.

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Gil pidió un carajillo

7

y Peña una caña

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. Yo empecé a

explicarles lo de la noche anterior.

–¿Y cómo era él? –preguntó Gil.
–No sé... Había muy poca luz. No muy alto, bastante bien

vestido, creo... Ah, sí, y con barba.

–¿Y ella? –preguntó Peña mirándome como si yo fuera el

ladrón.

–Pelo largo, delgada... No sé, es difícil.  Vivo en el cuarto

piso, ¿sabes?  Y, además, soy un poco miope.

–Podría ser la sobrina... –comentó Gil.
–Quizá –respondí yo–. Yo también lo he pensado.
–Si te acuerdas de algo más, ya sabes, nos llamas a la

comisaría.

–Claro, por supuesto.
Gil y Peña se levantaron para irse. No les gustaban las

mujeres detective. Era evidente.

–Me gustaría saber cómo termina esto... –dije yo.
–Mira, nena, esto es asunto de la policía...
–Lo sé, lo sé... Simple curiosidad.
–Pues lo lees en el periódico, nena. 
–Vale, vale...
No soporto que me llamen «nena», pero me callé. Para un

detective privado es mejor no tener problemas con la policía.

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Después de comer, intenté echar una siesta

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en el sofá.

Hacía un calor terrible. No podía dejar de pensar en lo de
aquella mañana. Quería saber más. Pero, ¿qué podía hacer?

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Decidí llamar a Paco, uno de mis socios. Los domingos suele
quedarse en casa. Quería explicárselo todo. A ver qué le
parecía a él.

–¿Sí...? –respondió una voz medio dormida.
–Soy Lola. ¿Qué estás haciendo?
–Dormir... Bueno, estaba durmiendo. Con este calor...
–Perdona, chico...
–Nada, nada... Eres la tercera persona que llama en

media hora.

–Oye, lo siento...
–Vale, no pasa nada. ¿Qué querías?
Se lo conté todo. Lo de la noche, las explicaciones de la

portera y la conversación con los policías.

–A ese Gil lo conozco. ¿No te acuerdas? Tuvimos que tra-

bajar con él en el caso Treviño –dijo Paco.

–¿El caso Treviño?
–Sí, mujer, hace un par de años. Aquellas joyas robadas en

Alicante

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.

–Ah, sí, sí, ahora, ahora... Ya me acuerdo.
–No le gustan nada los detectives privados.
–Sí, de eso me he dado cuenta.
–Bueno, y ahora dime: ¿por qué me despiertas para expli-

carme todo esto? ¿Qué tenemos que ver nosotros con el
asunto?

–No, nada. Tenía que contárselo a alguien. 
–Lola, ya sabes mi teoría: si no hay cliente que paga...
–Sí, claro.
–¡No vamos a trabajar por 

hobby

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!

–Sí, tienes razón.
–Cambiando de tema, acuérdate que mañana va a ir a la ofi-

cina el Sr. Serrano, el del socio que se ha ido con la «pasta»

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.

–¿A qué hora?
–Sobre las diez.

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