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Добавлен: 13.04.2021
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agencia que está secretamente enamorado de Margarita. Él
cree que nadie lo sabe. Cuando habla con Margarita, se
pone rojo como un tomate y se le cae el bocadillo. Ah, lo
olvidaba: Feliciano escribe poemas, largos poemas de amor.
Yo también empezaba a pensar, cuando llegó Paco, mi
otro socio, que aquél era un lunes horrible. Paco es gordito
y siempre está de buen humor. Aquel lunes no entendió por
qué todos le miramos mal cuando dijo:
–¡Buenos días a todos! ¡Qué día tan bueno! ¿No? ¿Pasa algo?
Nadie contestó.
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Tres días después, el jueves, yo seguía pensando en el
extraño caso de doña Lupe y en la noche del domingo.
Por la tarde, al volver a casa, decidí ir a visitar a la porte-
ra doña Elvira otra vez. Doña Elvira me explicó que doña
Lupe ya estaba un poco mejor.
–Yo la fui a visitar ayer –me dijo–. Los médicos dicen que
dentro de unos días podrá volver a casa.
–¿Vio algo ella el domingo?
–Dice que oyó ruidos y se levantó. Fue hacia el salón.
Luego, sólo recuerda el golpe en la cabeza.
–O sea, que no vio nada ni a nadie.
–Bueno, la pobre casi no ve.
–Ah, sí, es verdad.
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En el portal de mi casa encontré a Carmela. Carmela es
una vecina y una amiga. Tiene sesenta años y pesa 90 kilos.
Va siempre muy pintada y se ríe como una niña. De joven
fue artista, bailarina en un cabaret. Ella cuenta que ha teni-
do dieciocho novios y tres maridos. Para mi, es como de la
familia.
Carmela cocina muy bien y a veces me lleva un poco de
sopa a casa o me invita a cenar. Dice que no me cuido, que
trabajo demasiado y que me voy a poner enferma.
–¡Lola! ¿Cómo estás, guapa? Hace días que no te veo.
Huy, ¡qué mala cara tienes...!
–Hola, Carmela.
–¿A que no sabes qué he hecho hoy para cenar? Merluza
a la vasca
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. ¡Una merluza! ¿Por qué no subes luego?
–Ah, pues sí. Mi nevera está como el desierto del Sahara.
Me gusta cenar con Carmela. Me explica viejas historias
del teatro y de sus amores. Carmela, además de ser una
excelente cocinera, es una mujer muy inteligente. Cuando
tengo un caso difícil, se lo cuento. Ella siempre me da bue-
nos consejos. Sería una detective muy buena. Yo siempre se
lo digo.
Después de cenar, nos tomamos una copa de orujo
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del
pueblo de Carmela. Yo le conté la historia de doña Lupe.
Carmela me escuchó con atención.
–Tengo una idea –dijo–. ¿Por qué no vas a La Paz? Yo
tengo una muy buena amiga que es enfermera ahí. Ves a la
abuela y preguntas por María, la sobrina. En los hospitales
saben muchas cosas de la gente.
–Muy buena idea. Carmela, ¡qué rica estaba la merluza!
–Pues para mañana tengo canelones, hechos en casa.
–Los canelones engordan, Carmela.
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–Anda, anda... ¡Si estás cada día más delgada!
Ni yo ni mi balanza estamos de acuerdo con Carmela. Al
día siguiente sólo iba a comer ensalada y fruta. Había comi-
do demasiada merluza.
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El martes salí de casa pronto, a las ocho. Para mí las ocho
es prontísimo
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. En casa no quedaba café y fui a desayunar
al bar de la esquina. Allí desayuno muchas veces.
–¿Café con leche? –me preguntó Luis, el dueño.
–Gracias Luis, y un paquete de «Habanos»
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.
–¿Vuelve a fumar, Srta. Lola? ¿No lo había dejado?
–Sí, Luis, sí. Desgraciadamente vuelvo a fumar. Los nervios.
–Pues es muy malo...
–Lo sé, lo sé.
A mi lado, en la barra, había un hombre de unos treinta
y cinco años. Moreno, fuerte, bien vestido... Quizá más inte-
resante que guapo. No era, desde luego un cliente habitual.
Decidí pedirle fuego.
–Lo siento, no fumo –me respondió sonriendo.
–¡Qué suerte! –dije yo. Y me puse un poco colorada.
–Tenga, Srta. Lola, aquí tiene una caja de cerillas –dijo
Luis que estaba escuchando la conversación.
Luego el nuevo y atractivo cliente le pidió a Luis cambio
para llamar por teléfono. Cogió las monedas, marcó un
número y se puso a hablar.
–Buenos días. Quisiera hablar con el Dr. Sánchez Mata,
por favor.
Esperó un poco y luego dijo:
–Buenos días, doctor. Soy Néstor Requena. Sí, exacto, el
nieto de la Sra. Requena.
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Yo escuchaba sin perder palabra, cada vez más nerviosa.
¡Qué casualidad! ¡Y qué suerte!
–Sí, sí, claro, de acuerdo. Voy ahora mismo para el hospi-
tal –le dijo Néstor al médico.
Yo no sabía qué hacer. ¿Hablar con él? No lo pensé dos
veces. Era entonces o nunca. Saqué una de mis tarjetas del
bolso y, cuando colgó, le dije:
–Perdone, es usted Néstor Requena, ¿verdad?
–Sí.
–Mire, sé lo que le ha pasado a su abuela y algunas cosas
más que la policía no sabe. Creo que puedo ayudarle.
Parecía muy sorprendido. Le di mi tarjeta, la miró y luego
dijo:
–¡Una detective! No sabía que había mujeres detectives...
–La verdad es que no somos muchas.
–No he pensado contratar a un detective. La policía...
–Sí, claro –dije yo–. Pero si cambia de opinión, ahí tiene
el teléfono.
Estaba extrañado, sorprendido. Yo pensé que sorprendi-
do también estaba muy guapo.
Me terminé el café, le di la mano y salí a la calle.
«Lo has hecho bastante bien, Srta. Marlowe
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», me dije a
mí misma.
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En la calle Segovia tomé un taxi. Yo siempre voy en moto,
en mi vieja vespa. Pero estaba estropeada desde el jueves.
En el hospital pregunté por la amiga de Carmela. Una
enfermera llegó a los cinco minutos. Era bajita y pelirroja.
Parecía muy simpática.
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–Hola, soy Ramona. Carmela me ha hablado mucho de ti.
¿Quieres ver ahora a doña Lupe o tomamos un café primero?
–Buena idea. Primero un café.
–En el bar del hospital empezamos a hablar.
–Sí, me acuerdo de María Requena. Fue un accidente
terrible. Dos coches que chocaron en la carretera de
Burgos
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. La otra chica...
–¿Qué otra chica? –pregunté yo.
–Eran dos: dos coches y dos chicas. De la misma edad, más
o menos. La otra chica, Jacinta, estaba peor. Estaban en la
misma habitación, ¿sabes? Jacinta murió. Tenía una fractura
de cráneo muy grave. Y no sé mucho más porque yo, en
aquella época, estaba normalmente en Ginecología. Sólo
estuve dos o tres días con ellas, como sustituta.
–¿Conoces a alguna otra enfermera que...?
–No, creo que no. Ahora hay muchas nuevas en esta plan-
ta. Bueno, si, un enfermero, Jenaro. Pero hace días que no
viene. Debe de estar enfermo o de vacaciones. Podemos
también mirar en el archivo las historias clínicas. ¿Quieres?
–Sí, ¿por qué no?
Terminamos nuestros cafés y fuimos hacia el archivo.
–¿Vino alguien a ver a María, aquí al hospital?
–No sé, no lo recuerdo... ¡Vemos a tanta gente! Pero me
parece que no tenía familia o algo así.
Delante de la puerta de unas oficinas, Ramona me dijo:
–Espérame un momento aquí. Vuelvo enseguida.
–Vale.
A los diez minutos salió con cara preocupada.
–Ha pasado algo muy raro.
–¿Qué?
–No está su historia clínica. Nada, absolutamente nada
sobre María Requena...
–¿Y de la otra chica? –pregunté sin saber por qué.
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