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–Muy bien.
–¿Qué haces esta tarde?
–Ni idea. Morirme de calor.
–¿Y además?
–Nada más.
–Échate una siesta como yo. Seguro que te empiezan a
llamar todos los amigos.
–¡Qué gracioso!
–Hasta mañana, nena.
–No me llames nena.
–Vale, nena.
–Brrrrr
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...
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El lunes a las nueve de la mañana salí de casa. Había dor-
mido mal y no tenía ganas de ir a la oficina. A esa hora ya
hacía mucho calor. Al otro lado de la plaza vi a doña Elvira,
la portera del número 10. Y, naturalmente, me acerqué para
hablar con ella.
–Doña Elvira..., usted perdone... –dije yo.
–Buenos días, usted dirá –respondió ella, dispuesta a con-
testar a todas mis preguntas.
–Yo vivo ahí enfrente y... soy periodista, ¿sabe?
–¿Periodista? ¡No me diga! ¿De la tele?
–No, trabajo para una revista.
Prefería no decir la verdad. A lo mejor a doña Elvira tam-
poco le gustaban los detectives privados.
–¿Y para qué revista trabaja usted? –me preguntó.
–Bueno..., para una nueva. No la conocerá usted todavía.
Se llama
Esta semana
. Quería saber qué ha pasado en el ter-
cer piso, ya sabe...
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–Oh, ha sido terrible. La pobre doña Lupe está muy mal,
muy mal... Está en coma, en La Paz
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. Y es ya muy mayor, la
pobre. Ochenta y cinco años debe tener ya.
–¿Y qué pasó exactamente?
–Pues verá... El domingo yo le llevo siempre el periódico a
doña Lupe, desde hace muchos años. Ahora no puede leer
porque no ve casi nada. Si está María, su sobrina, se lo lee
ella. Si no, yo misma le explico lo que yo entiendo. ¡Bah! Para
lo que traen los periódicos: sólo malas noticias, guerras...
–¿Y?
–Pues ayer subí como todos los domingos. Llamo una vez
y otra vez y nada, no me abre. Y yo, claro, me preocupé. Ella
nunca sale a la calle, ¿sabe? Total, que fui a buscar la llave.
Yo tengo una llave del piso.
–Y abrió...
–Eso. ¡Dios mío! ¡Qué susto! Estaba allí en el suelo, la
pobre. Al principio creí que estaba muerta. Llamé inmedia-
tamente a una ambulancia y a la policía.
–¿Robaron algo?
–Yo ya se lo he dicho a la policía: doña Lupe es muy rica,
riquísima. Su marido, don Anastasio, que en paz descanse
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,
vivió en Cuba unos años. Allí ganó mucho dinero. Luego,
además, vendieron unos terrenos en la costa, en Alicante,
creo. Les dieron millones y millones.
–¿Y usted cree que tenía dinero en casa?
–Dinero, no sé, pero joyas, sí. Joyas muy buenas. A mí me
las enseñó un día. ¡Una maravilla!
–¿Y las joyas han desaparecido?
–Hija, no sé. Esos policías que vinieron...
–Sí, los conozco.
–No quisieron decirme nada. Nada de nada. Ni a mí que
soy como de la familia, vamos.
–Me han dicho que doña Lupe vivía con una sobrina.
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–Sí, esa...
–¿Cómo se llama la sobrina?
–María, María Requena, ¿la conoce usted?
–No, no, qué va.
–No, como ha dicho usted que vive ahí enfrente... Es una
chica, ¿cómo se lo diría? Un poco rara. Será por lo del acci-
dente, digo yo...
–¿El accidente?
–Tuvo un accidente de coche, muy grave, parece. Eso
justo antes de venir a vivir con doña Lupe.
–¿Y dice usted que María es la sobrina de doña Lupe?
–Sí. Bueno, en realidad, es hija de un sobrino de doña
Lupe, que también vivió en Cuba. María nació en Cuba.
Luego se fueron a los Estados Unidos. María vivió en
América hasta el año pasado, cuando se vino a España.
Entonces tuvo el accidente. Creo que estuvo tres meses en el
hospital, también en La Paz.
–¿Y ahora?
–Pues eso es lo raro. Ni idea de dónde está. La vi este
sábado por la mañana, pero desde entonces...
–¿Sabe usted en qué trabaja?
–Creo que es azafata, pero no de las que vuelan. Trabaja
en ferias y congresos y cosas así.
–Ah... ¿Y cómo es?
–Guapa..., sí, más bien guapa. Alta, delgadita... Pero muy
callada. Conmigo nunca habla. Y a mí la gente a la que no
le gusta hablar... No sé, no me cae bien. Pero doña Lupe
estaba contenta de tenerla aquí. La pobre está tan sola...
–¿No tiene hijos?
–Sí, un hijo y un nieto, Néstor. Viven en Italia y no vie-
nen nunca. Tuvieron problemas en la familia. El hijo de
doña Lupe quería ser arquitecto y no quiso ocuparse de los
negocios de la familia. Entonces, don Anastasio le deshe-
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redó. Me lo contó doña Lupe. Ahora la policía está inten-
tando encontrarlos.
Me quedé callada un momento, pensando.
–¿Escribirá algo en su revista? No ponga mi nombre, ¿eh?
–dijo ella.
–No, mujer. Además, todavía no tengo suficiente infor-
mación. Pasaré por aquí un día de éstos, a ver si hay algo
nuevo, ¿vale?
–Cuando quiera, aquí me tiene.
–Muchísimas gracias.
Había estado hablando con doña Elvira mucho rato. Iba a
llegar tarde a la oficina. ¡Como siempre!
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–Buenas –dije al entrar.
–Buenos días –respondió Margarita, la secretaria, sin
dejar de pintarse las uñas–. Miguel te está esperando. Creo
que ahora mismo te está llamando a tu casa.
Margarita, la secretaria, es muy simpática, pero su princi-
pal trabajo, además de pintarse las uñas, es llamar a su novio
Tony cada media hora. Tony es para Margarita como el
mismo Robert Redford, pero un Redford de metro cincuen-
ta. Margarita hace miles de faltas de ortografía en las cartas
a los clientes y su mesa es como una perfumería. También
hay en su mesa una foto enorme: Tony y ella, cogidos de la
mano, en un parque.
Aquel día Margarita estaba de mal humor. Tony, el día
anterior, no la había llevado al cine. Miguel también estaba
de mal humor.
–¡Hombre! ¡Ya era hora!
–Si sólo son las diez y cuarto... ¿Y Paco?
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–Tampoco ha llegado todavía. ¡Y el Sr. Serrano debe estar
a punto de llegar!
–Bueno, estamos tú y yo, ¿no? –le respondí yo–. ¿Qué tal
el fin de semana?
–Horrible.
–¿Por qué?
–Muy mal, muy mal. Me sentó mal la cena del viernes y...
–¿No salías el viernes con una vieja amiga de la
Universidad?
–Sí.
–¿Y qué tal?
–Fue el marisco.
–¿Qué?
–Que me sentaron mal unas almejas.
–Sí, ya se sabe, el marisco...
A Miguel siempre le duele algo o siempre le sienta mal
algo cuando sale con una chica.
–¿Y tú? –me preguntó él.
–Psé, regular. Nada especial.
–¡Huuuy! ¡Mi estómago!
–¿Por qué no mandas a Feliciano a la farmacia?
Se lo pregunté sin mucho interés, porque ya estoy acos-
tumbrada a las enfermedades de Miguel.
–¿Feliciano? A las nueve ha salido a tomar un café y toda-
vía no ha vuelto.
Feliciano también trabaja en nuestra agencia de detecti-
ves. Eso dice él, al menos. Es una especie de mensajero
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,
chico para todo. Eso, cuando se le encuentra. Y no se le
encuentra casi nunca. Está horas y horas fuera de la oficina
y pierde los documentos importantes que tiene que llevar. A
todas horas come inmensos bocadillos de sardinas o de atún
o de anchoas
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. Feliciano tiene diecinueve años. Es muy del-
gado, muy blanco y un poco bizco. Todos creemos en la
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