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–Es más alta de lo que parece en la foto –pensé. Y me

quedé dormida en el sofá.

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Por la mañana llamé al inspector Gil. Le conté lo de

María. Sólo eso.

–La estamos buscando –me dijo él.
–Todo es un poco raro, ¿no crees?
– ¿Raro? ¿Por qué? Ella se ha llevado las joyas y ya está.
–Gil, es la sobrina... El nieto, Néstor Requena, me ha con-

tado que María es la única heredera en el testamento. Doña
Lupe y su marido desheredaron a su hijo.

–Tú sabes muchas cosas...
–También es mi caso.
–Ah, ¿sí? ¿Desde cuándo?
–Desde ayer. Trabajo para el Sr. Requena, el nieto de

doña Lupe.

–Qué interesante... –dijo con ironía–.  Pero no olvides que

no puedes esconder nada a la policía, ¿eh? 

–No, claro –dije como una niña buena.
Una desagradable conversación con uno de los más des-

agradables policías de Madrid.

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A las doce llamaron del taller: mi vespa estaba arreglada.

Cogí un taxi para ir a recogerla. En Cibeles

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el taxi se paró

en un semáforo. Una mujer cruzaba la calle: ¡María...! ¡Otra
vez ella! Estaba de suerte.

–Déjeme aquí mismo.

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–Ciento ochenta.
–Tenga, quédese con el cambio.
Bajé del taxi y empecé a seguirla. Desde lejos, porque no

tenía que verme. 

Se sentó en la terraza del Gijón. Miró el reloj: estaba espe-

rando a alguien. Entré en una cabina y llamé a la oficina.

Desde la cabina podía verla. En la oficina comunicaban:

Margarita y Tony, seguro. Al final respondieron.

–Margarita, ¿está Miguel? Miguel o Paco...
–Si, ¿de parte de quién? 
–Soy yo, Lola. Venga, rápido... 
–Ya va, ya va...
–¿Sí? –respondió Miguel.
–Miguelito, ven en seguida. Estoy en una cabina, justo

enfrente del «Gijón»

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. Te necesito.

–Mira, es que ahora mismo me iba al dentista y...
–Miguel, te digo que os necesito. A ti o a Paco. O mejor a

los dos.

–Vale, vale... Pero, ¿qué pasa? 
–Venid y os lo explico.

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A los diez minutos Paco y Miguel llegaban tranquilamen-

te. Yo les esperaba no tan tranquilamente. Les expliqué la
situación. Después les dije:

–Sentaos ahí, a su lado. A mí me conoce.
–O.K., nena.
–Brrr... Rápido.
En ese momento llegó un hombre, un hombre con barba.

Yo le conocía, de una foto y de la noche del domingo. Me
quedé en la cabina esperando. A los cinco minutos vino Paco.

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–Lola, creo que te has equivocado de chica. No es ella. El

de la barba la llama Jacinta, no María...

–¡Jacinta! ¿Estás seguro?
–Sí, seguro. Él le ha dicho que se va de Madrid y ella que

no quiere irse con él. No sé, pero me parece que no es...

–Paco, ahora lo entiendo todo. Voy a llamar a Gil a la

Comisaría, que vengan en seguida.

–Yo no entiendo nada –dijo Paco.
–No importa, ahora no hay tiempo. Es demasiado largo...

Tú vigílales, que no se vayan. Yo voy a llamar a la policía.

–Mira, van a pagar. Se van a ir. ¿Qué hacemos?
–Ve, ve, sígueles. Yo llamo a Gil.
Por suerte, el camarero tardó en llevarles la cuenta. Tuve

tiempo de hablar con Gil y explicarle un poco la cosa.

–Vamos a seguirlos. Le vuelvo a llamar más tarde –le dije.
–Pero, oye, oye...
–Luego, luego llamo. ¡Se van...!
La chica y el de la barba se quedaron un momento

hablando de pie. Luego se separaron.

–Vosotros la seguís a ella y yo a él. Si pasa algo, llamad a

la oficina.

El de la barba cogió un taxi, y yo, otro.
–Siga a ese taxi.
La frase clásica.
–¿A cuál?
–A ése, a ése. ¡Por Dios, hombre, a ése de ahí! 
Demasiado tarde. Demasiados coches en la Castellana,

demasiados taxis blancos, todos iguales. Le di al taxista la
dirección de la oficina. 

A lo mejor mis socios tenían más suerte. En la oficina,

Margarita estaba hablando por teléfono.

–Margarita, lo siento, pero espero una llamada muy

importante.

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–Adiós, Tony, amor mío. Tengo que colgar. Sí, sí, cielo, te

llamo luego.

Me serví un whisky. Estaba demasiado excitada. ¡Qué lata

estar ahi esperando, sin poder hacer nada! Por fin sonó el
teléfono.

–Soy Paco. Estamos en Atocha

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. Va a coger un tren.

Andén 5.

–Voy para allá.
Al salir le dije a Margarita:
–Llama al inspector Gil. Dile que estoy en la Estación de

Atocha. Andén 5.

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En la estación estaban Paco y Miguel. A unos diez metros,

sentada en un banco, ella: ¿María? ¿Jacinta? En seguida lle-
garon Gil, Peña y dos hombres más. Todos nos acercamos a
la chica.

–Policía –dijo Gil enseñando una placa.
–¿Qué pasa? –dijo ella asustada.
–¿Es usted María Requena? –preguntó Gil. 
No había entendido nada.
–Sí –respondió ella.
–No –dije yo–. Usted es Jacinta Romero Díaz. María

Requena murió hace un año en La Paz.

Gil me miró.
–¿Qué? ¿Cómo?
–Deténgala, inspector.
–Yo no quería, yo no quería... Fue él, fue Jenaro... Yo...

–dijo en voz muy baja.

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En la comisaría hablé con Gil. Miguel y Paco también

estaban ahí, escuchando con atención. Gil no estaba muy
contento. Yo sabía mucho más que él. Bueno, yo lo sabía
casi todo ya.

–Hace un año dos chicas tuvieron un accidente. Dos

coches chocaron en la carretera de Burgos. Las llevaron a La
Paz. Allí alguien las reconoció, María, una rica heredera, y
Jacinta. María estaba muy grave. Iba a morir. Estaba claro.
Fue fácil cambiar la identidad. Tenían la misma edad, un
aspecto parecido... Jacinta fue a partir de entonces María
Requena. La verdadera María murió y Jacinta iba a heredar.

– Más despacio, señorita... ¿Y quién hizo todo eso?
–Creo que Jenaro Llamas. Conocía muy bien a la familia

Requena. Su padre trabajó para ellos. También conocía muy
bien a Jacinta. Era su novia y...

–¿Y?
–Trabajaba en La Paz, como enfermero. 
–¿Estás segura de todo eso?
–Sí, creo que fue así.
–¿Y luego?
–Jacinta vivió un año con doña Lupe. Fue fácil. La abuela

estaba casi ciega, María había vivido siempre en América,
nadie la conocía... Pero Jenaro se cansó de esperar.

–¿De esperar qué?
–La muerte de doña Lupe, la herencia. Y el domingo

pasado decidió actuar. Creo que ella, María, o sea, Jacinta,
no estaba de acuerdo.

–Y ese tal Jenaro, ¿dónde está?
–No lo sé. La chica debe saberlo. Quizá en Asturias.

Pregúnteselo a ella.

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