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Добавлен: 13.04.2021

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Volvió a sonar el teléfono. Era Néstor.
–Ya he hablado con la abuela. Está de acuerdo. ¿Cuándo

vamos a ver el piso?

–Cuando quieras.
–Yo no tengo nada que hacer esta tarde... 
–Pues vamos ahora mismo. ¿Dónde quedamos?
–¿Delante de la puerta de la casa? 
–OK. Hasta ahora.
Había mucho tráfico en el centro. Y yo sin la moto..., ¡en

taxi! Tardé media hora en llegar.

–Lo siento. El tráfico está hoy horrible.
–No te preocupes. Yo también acabo de llegar. 
Néstor llevaba una camisa gris. Pensé que era del mismo

color que sus ojos. 

Entramos en el piso. Estaba oscuro. Había muchos mue-

bles antiguos, buenas alfombras, buenos cuadros. En el
salón, un piano de cola.

–Quisiera ver la habitación de María –dije.
–Creo que es ésa del fondo. Pero no estoy seguro: yo hace

muchos años que no he estado aquí.

En la habitación de María había algo de ropa, ropa cara,

algunos libros, sobre todo de teatro, y poco más. La cama
estaba sin hacer. 

Abrí los cajones de un mueble. Mucha ropa interior. Por

fin, en el último cajón, papeles. Empezamos a mirarlos.
Había una foto de una chica en bañador en la playa.

–¿Es María?
–No lo sé. Sólo la he visto una vez y éramos pequeños. Los

últimos años no hemos tenido ningún contacto.

–Ya.

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También había una postal, firmada «Jenaro». Era una

postal de Oviedo

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. El texto era extraño: «La de la foto era

ella». Se la enseñé a Néstor.

–Raro, ¿no?
–Sí, no es una postal muy normal...
Salimos de la habitación y dimos otra vuelta por el piso:

nada interesante, el típico piso de una abuela rica.

–Jenaro, Jenaro... ¿Dónde he oído ese nombre estos días?

–dije.

–Yo sólo he conocido a un Jenaro. Bueno, a dos. El padre

y el hijo. Mi abuelo tenía un secretario que se llamaba
Jenaro, Jenaro Llamas. Pero tuvo problemas con él. Bebía
mucho y lo despidió. Yo jugaba con su hijo, Jeno. Era mi
mejor amigo. Ahora creo que vive en Asturias.

–La postal viene de Asturias. ¡Qué casualidad!
–Sí...
–¡Ya está!
–¿El qué?
–¡Ya sé quién me habló de un Jenaro! En el hospital. Un

enfermero que cuidó a María se llama Jenaro.

–Otra casualidad, quizá.
–¿Sabes, Néstor? En mi profesión la casualidad no existe...

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Salimos los dos pensativos. En la calle le dije:
–¿Tienes algo que hacer?
–No, ¿por qué?
–Quiero visitar otro piso, el piso donde vivía Jacinta.
–¿Jacinta?
–La compañera de habitación de María en el hospital.
–¿Para qué?

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–Todavía no lo sé.
–Bueno, pues te acompaño. 
–¿Cogemos un taxi?
–No, yo he venido en moto. Me la ha dejado un amigo.
–Estupendo, me encanta ir en moto. 
–Ahí está.
Era una moto maravillosa. 
«¡Qué bien no haber venido en mi vieja vespa!», pensé.

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Llegamos a la calle de Santa Bárbara. Llamamos al tim-

bre, pero nadie contestó. De pronto, algo me llamó la aten-
ción: la cerradura. Era una cerradura muy especial. Luego,
un momento de intuición femenina: busque en mi bolso.
Una de las llaves que perdió María el domingo era también
muy especial. Sin decir nada, probé. La puerta se abrió.
Néstor me miraba con la boca abierta.

–Pero, pero, pero...
–Luego te explico. Ahora subamos.
En el 1º D volvimos a tocar el timbre. No contestaron.

Probé con otra llave y la puerta del piso se abrió también. En
el pasillo, un chico desnudo, que salía de la ducha, nos mira-
ba asustado.

–¿Qué pasa? ¿Qué quieren? ¿Quiénes son ustedes?
Entró corriendo en el cuarto de baño y salió con una toa-

lla en la cintura.

–Tranquilo, tranquilo... No pasa nada. Debe ser un error.

¿No vive aquí una chica que se llama Jacinta? –dije yo tran-
quilamente.

Néstor me miraba cada vez más sorprendido.
–No, aquí no vive ninguna chica y ustedes no pueden...

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–Perdona, hombre, de verdad. Creía que vivía aquí una

amiga mía y como las llaves abren...

–¿A quién buscan? Antes vivía aquí una chica... 
–Sí, estamos buscando a una chica.
–Esperen un momento. Yo alquilé este piso hace un año,

aproximadamente. Había aquí algunas cosas de esa chica.
Todavía las tengo.

Se fue y volvió al cabo de unos minutos.
–Tome.
Había ropa de cama y un paquete de cartas y papeles.

Cartas dirigidas a Jacinta Romero Díaz. Muchas llevaban la
misma firma: «Jenaro». También había un pasaporte.
Profesión: actriz.

–Demasiadas casualidades, ¿no crees?
–Sí, demasiadas.

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Entramos en un bar. Necesitábamos tomar algo fuerte.
–Un coñac para mí.
–Para mí, otro –dijimos al camarero.
Empezamos a mirar con más calma los papeles. Había

también algunas fotos de una chica.

–Esta debía ser Jacinta.
–A ver, a ver esta foto. Yo conozco a este hombre... Pero

no sé de qué... ¡Dios mío! ¡Qué lío!

Néstor se quedó callado pensando. Al cabo de un rato

dijo:

–Oye, hay algo que no entiendo. ¿Dónde has encontrado

las llaves de ese piso?

–Eso es lo más raro: las tenía María. Las perdió el domin-

go, delante de su casa. Yo las recogí.

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–¿Y por qué María tenía unas llaves de Jacinta, que murió

hace un año?

–Ni idea.
Nos despedimos y yo me fui a la oficina. Quería pensar. En

la oficina, cuando no hay nadie, pienso mejor. Pero estaba
demasiado cansada para pensar. Me acordé de los canelones
de Carmela. 

«Empezaré el régimen mañana», pensé. «Mañana sólo

fruta y ensalada.».

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Los canelones de Carmela estaban deliciosos. Me explicó

su historia de amor con un capitán de barco irlandés y nos
reímos un buen rato. Luego volví a casa. Todavía hacía calor
y abrí el balcón. Miré hacia el número 10. Era ya una cos-
tumbre. Alguien entraba. ¿Alguien? ¡Era María! Me puse
unos zapatos y bajé las escaleras corriendo. Tenía que
encontrarla o seguirla o hablar con ella... Cuando llegué, ya
había entrado. Decidí esperar. Media hora después, se abrió
la puerta y salió. Llevaba una bolsa.

–¿Eres tú, María?– le pregunté.
Dio un salto. Me miró y no dijo nada.
–¿Quién eres? ¿Qué quieres? –me preguntó luego.
–¿Eres María Requena? –volví a preguntar. 
–¿Para qué quieres saberlo? –dijo ella.
En ese mismo momento sacó de su bolso una pequeña

pistola.

–No me sigas... ¡No me sigas o disparo! –gritó 
Echó a correr hacia la calle Segovia. No podía hacer nada.

Volví a casa. También era demasiado tarde para llamar a
Néstor o a Paco... Y no servía de nada. Se me había escapado.

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